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sábado, 15 de diciembre de 2007

Más polemica; me compré el libro hace unos días, ya os contaré


Los psiquiatras cargan contra el libro «La invención de trastornos mentales»

La Sociedad Asturiana de Psiquiatría tilda de inmorales a los dos profesores de Psicología autores de la obra.

Oviedo, A. VILLACORTA

«Hablar de la invención de las enfermedades mentales en un país donde hay más de 400.000 personas que sufren esquizofrenia no sólo es frívolo, es inmoral. Seguramente es una mezcla de ignorancia -se trata de personas que no tienen contacto alguno con los miles de afectados que en Asturias sufren un trastorno mental severo- y de intereses espurios, bien personales o corporativos».

Ésta es una de las cargas de profundidad con las que la Sociedad Asturiana de Psiquiatría, a través del psiquiatra Marcos Huerta, miembro de su junta directiva, se defendió ayer de las críticas vertidas hacia los profesionales de esta disciplina por Marino Pérez y Héctor González Pardo, catedrático y profesor titular, respectivamente, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo, en su libro «La invención de trastornos mentales», que acaba de ser publicado por Alianza Editorial.

En la obra, que ha tenido una gran repercusión en todo el país, estos dos profesores universitarios, expertos en psicofarmacología y psicología clínica, denuncian que «la escalada de desórdenes psiquiátricos que vivimos tiene mucho que ver con los intereses comerciales de la industria farmacéutica y con la complacencia de profesionales y pacientes». O lo que es lo mismo: que enfermedades como la depresión que las generaciones precedentes no habrían considerado más que problemas de la vida cotidiana han sido creadas por las multinacionales para vender medicamentos con la connivencia de los psiquiatras.

La Sociedad Asturiana de Psiquiatría remarca la «total coincidencia» de los argumentos desgranados por estos autores en el libro «con la iglesia de la Cienciología» y explica la «situación peculiar en la que se encuentran los médicos». «Por un lado», explican, «todo el mundo quiere ser médico: colegios profesionales de psicología y enfermería reclaman poder prescribir fármacos, los farmacéuticos demandan participar oficialmente en la atención y se multiplican las series televisivas con émulos de Sherlock en hospitales de ensueño». Mientras que, por otro, afirman los psiquiatras, «existe una presión mediática a favor de las "terapias alternativas", de parir en casa o bajo el agua, se insiste desde agrupaciones culturales altamente ideologizadas sobre la "medicalización" de la sociedad, sin que se profundice en la crítica global, ya innecesaria, una vez señalados determinados "cocos" del imaginario propio». En esta encrucijada, argumentan, «cualquiera, sin el menor conocimiento, o que tenga una visión sesgada, por incompleta, de las cosas, se atreve a hacer críticas globales».

Ahora bien, contraataca la Sociedad Asturiana de Psiquiatría, «no puede haber crítica sin autocrítica». Y así, dicen, «sorprende que nadie hable, ya que probablemente es ideológicamente más aceptable, de la psicologización absurda de lo cotidiano. De suerte que, por ejemplo, en la desgracia, en vez de sufrir el dolor íntimo de la pérdida, podemos vernos asaltados por un comando de psicólogos enviado a la sazón por nuestros gestores para curarnos de la pena y "apoyarnos" en nuestros momentos de zozobra». A esta tendencia observada en las administraciones públicas se suma «una presión social formidable para que se den carta de naturaleza a patologías de más que dudoso rigor»: «Son otros los interesados en que se consideren diagnósticos válidos el "mobbing", el "síndrome de alienación parental" o las llamadas "nuevas adicciones"».

«¿Veremos, próximamente, algún otro imprescindible libro sobre estos temas?», se preguntan. Porque la realidad es, según estos facultativos, «que en la misma cultura en la que vale todo, porque todo es opinable, nadie quiere ser responsable de su biografía».

«Ahora bien, mantener que la depresión como patología médica es un invento de médicos y empresas farmacéuticas sólo se puede entender desde la estulticia o la mala fe», concluyen con datos de la Organización Mundial de la Salud, que sostiene que «los trastornos depresivos son la causa principal de años perdidos por discapacidades en todas las edades, por encima de los accidentes de tráfico, las enfermedades cerebrovasculares, la diabetes o el sida». Y apelan a «las víctimas de la ceremonia de confusión que algunos sacerdotes preconciliares, ordenados en los tiempos de la antipsiquiatría, montan desde sus púlpitos»: «Son los enfermos y sus familias, que no sólo a través de esta promoción de la ignorancia ven aumentado el estigma que sufren, sino que, al no cumplir con el tratamiento, pueden tener nuevas recaídas».

RESPUESTA DE HÉCTOR GONZÁLEZ PARDO Y MARINO PÉREZ ÁLVAREZ (AUTORES DEL LIBRO)

Ciertamente, nos ha sorprendido la carga que hacen los psiquiatras contra nuestro libro «La invención de trastornos mentales» (La Nueva España, domingo 2 de diciembre). Nos ha sorprendido el tono bruto y agresivo, máxime al venir en nombre de una muy digna sociedad científica y profesional como es la Sociedad Asturiana de Psiquiatría. De todos modos, nuestra respuesta va dirigida en particular a Marcos Huerta, si bien nos mantendremos en un nivel por encima del suelo.

Nos da la impresión de que la suya es una reacción al título del libro, pero no a su argumento. Probablemente, nuestro crítico no ha leído el libro y, en su caso, no lo ha entendido, porque de otra manera no se explica el exabrupto. Para empezar, el libro no va contra los psiquiatras, sino contra la concepción que hace pasar los trastornos mentales como si fueran una «enfermedad más cualquiera», sea ello defendido por psiquiatras o por psicólogos. Por otra parte, no faltan psiquiatras que ven y denuncian esta tendenciosa tendencia. De hecho, libros similares al nuestro han sido escritos por psiquiatras recientemente. Bastaría echar una ojeada al índice de nuestro libro para ver que una de sus tres partes se titula «Desenmascaramiento de la psiquiatría y la psicología clínica».
¿Qué quiere decir «invención»? Nosotros llamamos «invención» a esa concepción que hace pasar los trastornos mentales como si fueran una «enfermedad más cualquiera». Está muy claro en el libro que esta invención no la hacen los profesionales, no es una invención de la nada y una vez hecha la invención no deja de ser algo real.

La invención de supuestas «enfermedades mentales» no la hacen los profesionales en la práctica clínica, sino que es un fenómeno a escala cultural que, entre otros factores, incluye la cultura clínica de la gente y la formación facultativa de los propios clínicos, en cuyo proceso sin duda es importante la industria farmacéutica con su marketing dirigido expresamente a la sensibilización de la población y de los profesionales so pretexto de información. En este sentido, los profesionales son a menudo ellos mismos más unos «mandados» y «víctimas» del sistema que propiamente inventores de nada. Como muchos psiquiatras han denunciado, la psiquiatría está hoy en buena medida en manos de la industria farmacéutica.

La invención de supuestas «enfermedades mentales» no se realiza a partir de la nada, de hecho los trastornos mentales existen. La invención como enfermedades se hace a partir de los problemas que tiene la gente, por los que va a consulta. La tesis que nosotros defendemos es que la invención de supuestas enfermedades deriva de los problemas de la vida (conflictos, decepciones, pérdidas, agobios, dificultades, fracasos, etcétera). Es una tesis polémica y discutible, pero clara, decidida y fundada. Esta tesis no excluye posibles factores neurobiológicos, pero tampoco los pone por delante como causas. Por cierto, no hay todavía al día de hoy establecida ninguna causa biológica de ningún trastorno psicológico por muy «enfermedad mental» que se diga. Es más, posibles factores biológicos concomitantes a un trastorno puede que sean más consecuencias del trastorno que supuestas causas del mismo. Por el contrario, lo que sí está establecido es que los factores psicológicos están implicados en el desarrollo de los trastornos mentales. Esta tesis es lo que habría que discutir y no reaccionar sin más al título del libro.

La invención de supuestas «enfermedades mentales», una vez hecha, no deja de dar lugar a productos reales. El paciente que «sale» con un diagnóstico, valga por caso, de «fobia social» y la correspondiente medicación, por citar uno de los últimos inventos, acaso tenga una «enfermedad mental»: así se lo han dicho o dado a entender y así probablemente viva y entienda su problema, de no ser así ¿por qué recibe medicación? Llegados a este punto, nosotros no negaríamos que esa supuesta «enfermedad mental» sea un hecho real, lo que planteamos es cómo se ha hecho real.
Cuestión ontológica. En el libro mostramos cómo ciertos problemas de la vida y a veces ni siquiera problemas, por ejemplo, simples estilos de comportamiento o maneras de ser como la timidez se han convertido en trastornos mentales que a menudo se hacen pasar por enfermedades de supuesta base neurobiológica (los tan socorridos desequilibrios neuroquímicos). Pero nuestro argumento no queda en la mera denuncia de esa patologización (psiquiatrización o psicologización, que nos da igual) de la vida cotidiana, por lo demás conocido. Otros libros ya lo han hecho. Lo que hace a nuestro libro único, permítase decirlo, es que plantea cómo es posible que algo que es un problema de la vida o incluso ni siquiera un problema llega a ser todo un trastorno y aun una «enfermedad mental». Ésta es una cuestión ontológica acerca de cuál es la naturaleza y el modo de ser de los trastornos mentales.

La conclusión a la que llegamos es que ello es posible porque los trastornos mentales, sin dejar de ser reales y algunos suponer un enorme sufrimiento, lejos de ser entidades naturales como, por ejemplo, la diabetes, la hepatitis o el alzheimer (éstas sí son enfermedades) son entidades interactivas (en el sentido de Ian Hacking), susceptibles de ser influidas (modeladas y reconstruidas) por el conocimiento que se tenga de ellas, incluyendo la cultura clínica de la gente, la sensibilización de la población y las prácticas clínicas (teorías, diagnósticos, técnicas, etcétera). Por eso pueden terminar como supuestas enfermedades, pero no porque estuvieran ahí dadas esperando a ser descubiertas (diagnosticadas), sino por una serie de factores y actores implicados en una escala cultural, como se decía. Nuestro psiquiatra crítico reconocerá que la suya es la única especialidad médica que no trata propiamente con enfermedades, sino con síndromes, conjuntos de síntomas que pueden y suelen reorganizarse de una manera práctica, y ahí habrá que preguntarse ahora ¿práctica para qué y para quién? (¿para recetar?, ¿para entender el problema?, ¿para hacer estadísticas?, etcétera).
¿Por qué contra la consideración de «enfermedad»? Pero ¿cuál es el caso contra las supuestas «enfermedades mentales», si es una manera práctica de entenderse y de dar solución a los problemas de la gente? Ésta sería una buena cuestión para el crítico, si entrara en el libro. Por lo que a nosotros respecta, diremos que es una mala y tendenciosa solución, por las siguientes razones, dejando aparte, lo que es mucho dejar, que no serían enfermedades más que por analogía.

En primer lugar, la adopción casi ya convencional de los trastornos mentales como enfermedades no ha reducido el estigma, según se pensaba iba a suceder, supuesto que la noción de «enfermedad» no implica valoraciones personales. Sin embargo, estudios recientes muestran que el estigma ha aumentado tanto en la población como en los propios clínicos, ya que unos y otros ven a los «enfermos mentales» como siendo imprevisibles e incontrolados y los tratan con distancia, sin considerar el significado de sus síntomas al suponer que derivan de algún desequilibrio neuroquímico.

En segundo lugar, los propios pacientes adoptan el papel pasivo de paciente, quedando a expensas de que la medicación solucione su problema. Nuestra concepción es que las personas, en vez de pacientes, pueden y deben ser agentes autosanadores activos. Las intervenciones psicológicas van por este lado. En tercer lugar, la noción de enfermedad desvía la atención de las verdaderas condiciones de las que dependen los trastornos mentales, que a nuestro juicio se encuentran en los problemas de la vida y en las maneras que tienen las personas de tratar con ellos.

En cuarto lugar, pero no menos importante, la concepción de enfermedad está funcionando en realidad como justificación de la medicación masiva a la que hemos llegado. Sin tener nada en contra de la medicación, por principio, lo cierto es que se usa abusivamente. Aparte de sus posibles efectos nocivos (entre ellos efectos secundarios y adicciones), la medicación está suponiendo un enorme gasto sanitario (y por su lado un enorme negocio), sin ser la mejor solución posible, a juzgar por la escalada de consumo, indicativa de que las cosas van a peor, porque, si no, no sería necesario más y más remedio de lo mismo. Es interesante recordar aquí una propuesta inglesa, con base en criterios económicos y de eficacia terapéutica, según la cual no se debería aplicar medicación para la depresión antes de diez sesiones de terapia psicológica, sabido que ésta es la solución por la que se debiera empezar.

En fin, siendo éste el tema de nuestro libro, se comprenderá que nos haya sorprendido la reacción sin duda inapropiada de M. H. Por un momento hemos creído en la medicación como primera línea de actuación, pero aún creemos más en que la explicación adecuada es lo que hace a la gente más juiciosa.

lunes, 3 de diciembre de 2007

¿Enfermedades inventadas? Tema polémico


Entrevista publicada en La Vanguardia
el 29 de noviembre a Marino Pérez Álvarez, psicólogo clínico.


Tengo 55 años. Nací en Oviedo, donde soy catedrático y
profesor de Psicología de la Personalidad, Evaluación
y Tratamientos en la universidad. Soltero y sin hijos.
Me interesan las políticas con alta sensibilidad
social. Soy ateo, pero partidario del catolicismo
civil

¿Los trastornos mentales se inventan?

Sí. Según el Manual diagnóstico y estadístico de
trastornos mentales, en los últimos 50 años, sobre
todo a partir de los 80, dichos trastornos han crecido
un 200%.

¿A qué se debe?

Al marketing farmacéutico, a la promoción de
medicamentos a costa de definir supuestas
enfermedades. Problemas de la vida que no eran
relevantes, o que las personas entendían y trataban
sin calificarlos de enfermedad, fueron capitalizados
por la industria farmacéutica para comercializar
fármacos.

¿Por ejemplo?

La fobia social responde a una estrategia de convertir
la timidez, una manera de ser, en una categoría
diagnóstica que ahora se asume como una enfermedad con
base biológica. Lo mismo ocurre con el trastorno de
pánico.

¿Temor súbito ante una situación?

Sí; en realidad es una derivación de los aspectos
somáticos de la ansiedad. Es decir, que lo han
desgranado de una categoría más amplia para
comercializar un fármaco.

... Si resulta útil.

Un ataque de pánico responde a circunstancias
personales de la vida que tienen que ver con tu
pasado, con tu presente y con la perspectiva de futuro
en la que estás situado. Si lo descontextualizamos
convirtiéndolo en una categoría con supuesta base
biológica, lo dejamos a merced de una medicación que,
en el mejor de los casos, es sintomática, es decir,
que no cura, sólo rebaja los síntomas.

¿Me está diciendo que todo es una cuestión de dinero?

Sí, pero eso es algo públicamente conocido, no
descubro ninguna mano negra; y eso es lo escandaloso,
que no provoque escándalo.

Trastornos como la depresión han alcanzado
proporciones epidémicas, ¿por qué?

Hasta los años 80 la depresión se consideraba un
trastorno menor. El boom de la depresión está
relacionado con la promoción del famoso Prozac, que,
después de la aspirina, es uno de los medicamentos más
consumidos.

En el 2005, los más vendidos fueron los psicofármacos.


Este fenómeno está relacionado con la medicalización
de la vida cotidiana, es decir, convertir problemas
consustanciales a la vida en síntoma y enfermedad,
para luego ofrecer soluciones mágicas que convierten a
la gente en consumidora. Está dentro de la misma
tendencia que el consumo. De hecho, estas campañas se
denominan técnicamente campañas de sensibilización a
la población.

¿Como los charlatanes de feria?

Sí, pero ahora con toda la tecnología, sofisticación
comercial y el enmarque de la investigación
científica.

Estábamos con la depresión.

La gente ha aprendido a plantear los problemas de la
vida - frustraciones, decepciones, dificultades en el
trabajo, expectativas incumplidas…- como depresión,
entendiéndola como un desequilibrio neuroquímico que
se soluciona con fármacos.

Quizá nos cueste hacernos cargo de nosotros mismos.

Sí, es más cómodo atribuir nuestro malestar a
cuestiones genéticas. Hay un estudio importantísimo de
la OMS que demuestra que los trastornos psicóticos se
superan en un 63% en los países en vías de desarrollo
y, sin embargo, en el Primer Mundo sólo en un 37%.

Sorprendente.

... Y paradójico. El problema es que aquí tratamos los
trastornos psicóticos, la esquizofrenia por ejemplo,
como enfermedades de base biológica únicamente
remediables mediante la medicación, y no está nada
claro que la esquizofrenia tenga una causa biológica
establecida. Pero lo que sí está claro es que los
trastornos psicóticos están relacionados con las
circunstancias de la vida.

Aquí, si tienes un brote psicótico, te llevan directo
a urgencias y te ingresan.

Así es, y trabajan los síntomas de acuerdo con el
fármaco: si sigues oyendo voces, te dan un fármaco más
fuerte. Es importante saber que la medicación
antipsicótica es, en el mejor de los casos,
sintomática, no actúa en la supuesta causa orgánica.

¿Qué hacen en el Tercer Mundo?

Como no tienen nuestros medios, la gente con estos
síntomas no es segregada de la comunidad, no pasa a
ser un enfermo que entra en una carrera psiquiátrica
de hospitales, urgencias..., y se recupera antes que
quien es atendido en el mejor centro de Londres.

¿Pero la esquizofrenia no es una enfermedad crónica?

Ya ve que en el Tercer Mundo hay una alta remisión.
Habría que matizar, pero la propia medicalización de
un fenómeno puede convertir el fenómeno en enfermedad.


Con esto de que todo es genético nos están dejando muy
indefensos.

Es un fenómeno cultural de los últimos 20 años, porque
no hay bases científicas sólidas que lo prueben. Los
trastornos mentales tienen que ver más con la persona
y sus circunstancias que con el cerebro. Además, los
síntomas tienen un sentido, ocurren por algo, son
significados a los que uno debe atender y no eliminar;
eso es como matar al mensajero.

Menos fármacos y más filosofía de vida.

Exacto. Y ahora las medicaciones que se aplican a los
adultos se tratan de generalizar a los niños, y no hay
estudios sobre los efectos secundarios. Es muy
preocupante.

domingo, 18 de noviembre de 2007

LA FDA SE VE SALPICADA EN LA POLÉMICA DE OCULTACIÓN DE DATOS, POR PRIMERA VEZ VINCULA LOS ANTIDEPRESIVOS AL SUICIDIO JUVENIL Y HACE RECOMENDACIONES



Editado de: La FDA se ve salpicada en la polémica de ocultación de datos, Diario Médico, 14 de septiembre de 2004.

El problema con los antidepresivos se remonta al año 2003, cuando el Reino Unido prohibió la prescripción a menores de 18 años de inhibidores de la recaptación de la serotonina (ISRS) con excepción de la fluoxetina (más conocida por su nombre comercial, Prozac), debido al aumento de las tendencias suicidas apreciado en algunos estudios realizados con este tipo de antidepresivos, pero también por “las dudas sobre su eficacia terapéutica”. Apenas un año más tarde, Canadá y EE.UU. se unen a estas medidas con la emisión de severas advertencias.

En los EE.UU., solamente uno de esta clase de fármacos -la fluoxetina- tiene autorización formal para ser administrado en niños y adolescentes. En el resto del mundo, el uso de estos medicamentos en menores no está aprobado formalmente, aunque la mayoría de los profesionales los prescribe, porque tampoco existe prohibición de hacerlo.

Dentro de la polémica sobre el consumo de este tipo de medicamentos en la población infantil, la FDA ha sido acusada de ocultar información. Y es este debate el que a su vez ha desencadenado otra discusión acerca de la publicación íntegra de datos de investigación por parte de la industria farmacéutica. [N.E.: ver en esta misma sección “Las revistas sólo publicarán los ensayos registrados en una base de datos pública”]

El primer argumento se debatió los primeros días de septiembre durante la sesión celebrada en el Congreso estadounidense en la que la industria, la FDA y el Comité de Energía y Comercio presentaron sus respectivas ponencias y alegaciones al respecto.

Sin advertencias
El Comité de Energía y Comercio acusó a la agencia y a varias compañías farmacéuticas de no advertir durante años a médicos y pacientes de que la mayoría de los antidepresivos no se habían mostrado eficaces en el tratamiento de niños e incluso que algunos habían mostrado serios efectos adversos en esta población. En 2002, según datos del Comité, casi 11 millones de prescripciones de estos productos se administraron en niños, y de éstas 2,7 millones se destinaron a menores de 12 años.

El portavoz de la agencia norteamericana, Jason Brodsky, negó que este organismo hubiera retenido documentos para no verse salpicado por la reciente polémica de los ensayos clínicos que ha enfrentado a varias compañías con la justicia y aseguró haber proporcionado al Presidente del Comité toda la información requerida.

Por su parte, los representantes de la industria reunidos en la sesión aseguraron haber suscrito la propuesta realizada esa misma semana por PhRMA, la patronal farmacéutica estadounidense, de hacer públicos todos los ensayos clínicos en una página web colectiva para el sector. Sin embargo, algunos miembros del Comité consideran insuficiente esta declaración e instan a la elaboración de una legislación que imponga la publicación de todas las investigaciones.

Ahora la FDA le da respaldo a sus expertos
El doctor Robert Temple, Director de la FDA, vinculó por primera vez el consumo de antidepresivos y la inducción al suicidio en algunos niños y adolescentes.

Temple admitió que varias compañías farmacéuticas ocultaron al público los resultados de 15 estudios clínicos patrocinados por ellas que demostraron de forma clara relaciones de esos preparados con comportamientos suicidas.

El reconocimiento del Director de la FDA se produce después de que la propia agencia metiera en un cajón las conclusiones a las que hace un año llegó su propio experto en fiabilidad de los medicamentos, el doctor Andrew Mosholder. Directivos de la agencia consideraron inexactos los datos de Mosholder y contrataron a investigadores de la Universidad de Columbia, que llegaron a la misma conclusión: había un vínculo entre el consumo de píldoras como Zolft (fabricado por Pfizer), Paxil (de GlaxoSmithKline) y Prozac (patente de Eli Lilly & Company) y tendencias suicidas.

Recomendaciones
El comité asesor de la FDA recomendó que los frascos de medicinas como Prozac o Paxil cambien sus etiquetas y adviertan a profesionales y pacientes sin la menor duda de que su uso puede despertar inclinaciones suicidas en los jóvenes. Esta medida fue aprobada con 15 votos a favor y 8 en contra de los expertos reunidos en el comité asesor.

Recomendó introducir en el empaquetado de los medicamentos un recuadro de color negro con una advertencia visible en relación a la edad recomendada: (15 sí, 8 no). Los rótulos con fondo negro son los que representan la advertencia más seria en el sector sanitario estadounidense ya que, por ejemplo, sólo los llevan los envases de productos como los matarratas o los líquidos para desatascar desagües.

La FDA hace extensiva esta advertencia tanto a todos los fármacos estudiados (Prozac, Zoloft, Remeron, Paxil, Effexor, Celexa Wellbutrin, Luvox y Serzone), como a todos aquellos que no fueron incluidos en los análisis. A la luz de los resultados, la FDA entiende que no es adecuado excluir ninguna medicación.

También aconsejó que estos medicamentos se vendan con un folleto de fácil lectura que explique cómo decidir si un niño debe o no tomarlos y cuáles son los síntomas que pueden alertar de su eventual tendencia al suicidio. Las autoridades sanitarias de EE.UU. se comprometieron además a estudiar la posibilidad de dar un paso más, el que los padres tengan que firmar un documento en el que dejen muy claro que entienden y aceptan los riesgos que puede conllevar el que sus hijos sean tratados con antidepresivos.

La revista The New England Journal of Medicine del 14 de octubre (Vol. 351, Nº 16) publica la opinión de dos de los miembros del panel que redactó las conclusiones. Uno de los 15 votos a favor de la inclusión de una advertencia sobre los efectos adversos en el envase fue el de Thomas Newman, del Departamento de Epidemiología, Bioestadística y Pediatría de la Universidad de California en San Francisco. Newman explica que antes de tomar cualquier decisión se analizó toda la evidencia disponible sobre el incremento del riesgo de suicidio en pacientes pediátricos que consumían antidepresivos. “La evidencia más convincente procedía de un meta-análisis de ensayos patrocinados por compañías farmacéuticas. La tasa global de ideas o comportamientos suicidas entre los niños que tomaban antidepresivos era el doble que en el grupo placebo”, justifica. Este artículo se encuentra disponible en: content.nejm.org/cgi/content/full/351/16/1595 (A black-Box warning for antidepressants in children?)

El segundo artículo que publica la revista lo firma David Brent, psiquiatra del Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh (Pensilvania), y se puede consultar en: content.nejm.org/cgi/content/full/351/16/1598 (Antidepressants and pediatric depression. The risk of doing nothing ). A pesar de la recomendación desfavorable de la FDA, Brent considera que los antidepresivos deben seguir empleándose para tratar la depresión infantil. “El análisis de la FDA sugiere que el riesgo potencial de comportamiento suicida en niños y adolescentes que toman antidepresivos es real, aunque pequeño. El comité recomienda incluir advertencias en los prospectos y mayor información para pacientes y cuidadores, pero no se prohíben los fármacos”, subraya. Prohibirlos, reflexiona Brent, supondría “retroceder 25 años, cuando la única esperanza para los familiares de personas con tendencias suicidas era que algún día se encontrara un tratamiento eficaz”.

Por su parte, los representantes de las familias de afectados, que también tuvieron oportunidad de expresar su parecer en el debate en la FDA, unos lo hicieron para defender a ultranza los antidepresivos y otros para denunciar que fueron los que llevaron a sus hijos al suicidio.

La opinión de psiquiatras y especialistas contribuyen a la polémica
Los psiquiatras y especialistas han dejado claro, sin embargo, que la cuestión es difícil de dilucidar, porque la propia depresión ocasiona tendencias suicidas y también hay muchos estudios que demuestran que los antidepresivos han ayudado a la recuperación de muchos pacientes deprimidos.

Algunos explicaron que las medidas de control anunciadas por la FDA pueden provocar un cierto temor entre los especialistas a la hora de recetar estas medicinas y entre los padres a la hora de aceptarlas cuando, añadieron, en muchos casos, han salvado a niños y jóvenes de males mayores.

La Asociación Española de Psiquiatría Infanto Juvenil (AEPIJ), por ejemplo, ha decidido salir al paso de esta polémica con un comunicado en el que apoya el uso de estos medicamentos en menores. “El beneficio del tratamiento con antidepresivos es superior al riesgo de no aplicarlo”, asegura la nota.

El comité de expertos españoles recuerda que la depresión es la primera causa de suicidio entre adolescentes, por lo que defiende el uso de los tratamientos disponibles con un control riguroso de los posibles efectos secundarios. En un detallado comunicado, AEPIJ explica que las ideas suicidas forman parte de las manifestaciones propias del trastorno depresivo.

“La depresión, que afecta alrededor de un 3-5% de los niños, hace 14 veces más probable una primera tentativa de suicidio”, apunta. Para ellos, el problema de las medidas tomadas en Reino Unido y EE.UU. radica en la metodología de los trabajos analizados hasta ahora, la mayoría de los cuáles “no había sido diseñado específicamente para el estudio de conductas suicidas y tampoco habían tenido en cuenta la existencia de factores de riesgo (...) frente a posibles tentativas de suicido”. Para la asociación, “es urgente disponer de tratamientos eficaces”, para lo que reclama nuevos estudios diseñados específicamente para evaluar la relación entre los antidepresivos y la aparición de ideas suicidas en estos jóvenes pacientes. Respecto a la eficacia de estos fármacos, el comunicado recuerda que, “como en la mayoría de los medicamentos, todos los ISRS son efectivos en algunos niños o adolescentes, pero no en todos”.

Por ello insiste en la necesidad de que los profesionales conozcan todas las alternativas disponibles para poder individualizar los tratamientos en caso de que los pacientes no respondan a la primera terapia. Los psiquiatras recuerdan que no siempre es necesario recurrir a la medicación, especialmente en el caso de depresiones ligeras.

sábado, 4 de agosto de 2007